Todo en la vida tiene un límite, TODO.
Podemos permitir que nos pisoteen, que nos humillen, nos traten mal, sean indiferentes, nos hieran, nos hieran y nos hieran… Porque son nuestros amigos, jefes, familia, vecinos o, en el mayor de los casos, son el amor de nuestras vidas. Pero -como ya dije- TODO tiene un límite.
Muchas veces las personas se acostumbran a que uno esté ahí siempre sin importar qué, a que uno soporte muchas cosas e injusticias, a que uno deje el orgullo al lado y, sin tener la culpa, pida perdón. Pero lo que no saben -o ignoran- es que nuestros corazones, con el pasar del tiempo y de tantos golpes, se va deteriorando y, en el peor de los casos, endureciendo.
Preferiría que me dieran una paliza un grupo de “bodyguards” junto a luchadores de UFC, a que me dijeran palabras como “no me importa” o que me traten con tal indiferencia. Se los juro, las personas olvidan el daño a gran escala que pueden causar con lo que sale de sus bocas. Las palabras son poderosas. Tan poderosas que pueden hasta poner fin a la vida de alguien.
¿Saben qué? Hoy siento mucho dolor en mi corazón, hoy estoy cansado. Sólo soy un simple mortal con sentimientos y todo, como ustedes. ¿Que aguanto más que la mayoría? Quizás, pero al igual que los demás, tengo un límite.
No sé si ya llegué a mi límite, pero ya ha sido suficiente.
